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    No son “piropos”, es acoso callejero. Esta es mi historia, ¿tú también tienes una?

    Jun 13, 2016

Jun 13, 2016

No son “piropos”, es acoso callejero. Esta es mi historia, ¿tú también tienes una?

Todos los días me despierto, desayuno a las apuradas y comienzo el camino para la rutina diaria. El barrio en el que vivo es mucho más tranquilo que cualquier otro barrio o ciudad de América Latina, no hay edificios, solo casas e, incluso, muchas de ellas están vacías.

Para llegar a la parada del autobús tengo que caminar 15 minutos, aunque apurada se transforman en 10. No exagero si digo que en ese largo camino, que en realidad son cuatro cuadras pero más largas de lo que puedas imaginar, me cruzo con dos o tres personas, nada más.

Soy solo yo, escuchando mis pasos y alguna que otra moto con su caño de escape haciendo ruido. Y, debo admitirlo, cada tanto pasa algún auto o camioneta casi rozándome y tocando bocina porque camino por la calle, pero no hay otra forma de hacerlo, en este barrio no hay veredas, solo calle, jardines y casas. Por mi camino pasan más perros callejeros que personas. De vez en cuando el silencio es tan abrumador que me invade el miedo. Bueno, al menos lo era hasta hace un año.

En la cuadra siguiente a mi hogar, donde había, si no me falla la memoria, cinco casas tapiadas, comenzaron a construirse dos complejos de edificios, chicos porque al ser un barrio jardín las normas impiden que se construyan varios pisos, pero lo suficientemente grandes para que haya algunas decenas de obreros.

Tengo que admitirlo, la idea de que haya tantas personas en mi camino al bus me resultaba muy motivante. Al fin no iba a estar tan sola. Ya no iba a escuchar mis pasos y, a veces, mi respiración. Ahora, al menos iba a escuchar los ruidos de construcción, mezclados con conversaciones de esos trabajadores. Incluso, los ruidos de las motos ya no iban a ser tan molestos, tan fuertes.

No estaba equivocada, hay más ruido; ya no camino sola. Pero hay algo que desde hace un año me está molestando todos los días de la semana, salvo sábados y domingos, por suerte. Quizá ya te puedas imaginar de qué hablo. Los “piropos” esa palabra que, para algunos, es positiva, pero está cargada de connotaciones negativas, de muchas, de muchísimas.

Todos los días, desde mediados de junio de 2015, paso frente a la obra, -no hay otro camino que pueda tomar-, y me gritan lo primero que se les pasa por la cabeza. No siempre son barbaridades, es verdad. Hay días que tan solo me dicen “buenos días”, pero con un tono tan baboso que no amerita responder; pero, los buenos días son lo que menos escucho.

Eso no es lo más grave, cuando gritan cosas y, por supuesto, no respondo, se enojan y comienzan a gritar barbaridades, ya no sexuales, sino machistas, degradando a la mujer -porque estoy segura que no es solo a mí, sino a las, quizá, 20 o 30 personas que deben pasar por esa calle desolada al día-, enojados por la “falta de respeto” que nosotras tenemos al decidir no responderles. Suena ilógico, ¿verdad? Pero es así.

Hay una batalla que ya la perdí. Fue en verano. Montevideo no es la ciudad más calurosa que pueda existir, pero los días de enero y febrero de este año se hicieron insoportables. Decidí, por varios días, ir más liviana al trabajo, o sea, usar vestidos cortos o monos. ¿Nada raro, verdad? Cada vez que me ponía algo que dejaba ver mis piernas, el camino se hacía insoportable.

Pero no me quería dejar vencer, ¿por qué tendría que dejar de usar vestidos, si tanto me gustan? No hay razón, pero cada vez que pasaba, me llenaba de impotencia escucharlosgritarme cosas, murmurar, silbarme. Así que preferí perder. Sí, así como lees, sé que no es lo que deberíamos hacer, nadie debería decirnos qué ponernos y qué no, o, indirectamente, hacer que dejemos de usar determinada prenda. Pero mi orgullo y mis gustos por las prendas se vieron aplastados por los molestos e incesantes “piropos”, que yo dejaría de llamarlos de ese nombre y diría lo que realmente son: Acoso callejero.

Hoy, una mañana de junio, de las más frías que hubo hasta ahora en el 2016. Salí de mi casa hecha una cebolla, tenía muchísimas capas de ropa. Una camiseta, un buzo grueso, un sacón más grueso y arriba una campera que amo completamente, es abrigada, grande y me llega hasta casi las rodillas. Además, tenía puesta una bufanda peludita y un gorro. Tengo que admitirlo, solo se me veían los ojos y las manos. Y con suerte esta vez se me veían las manos, olvidé agarrar los guantes. Así, caminando como un oso, volvieron a gritarme.

Fue en ese momento que descubrí algo que me impresionó y me pareció terrible. Estoy segura que no conocen mi rostro, es más, estoy convencida que ni siquiera saben que existo. Soy tan solo una figura que camina y a la que no dudan en gritarle algo. ¿Por qué? Porque sí, porque así son, porque así es la sociedad. Estoy convencida, también, que a todas las mujeres que pasan por ahí les pasa lo mismo. Creo que si nos pusieran a varias mujeres frente a los obreros, y les preguntaran quién pasa siempre por ahí, no sabrían decirlo. Porque no les interesa. Tan solo gritan, “por amor al arte” (con perdón del amor y del arte).

Quizá, lo único que se limiten a hacer es a diferenciar un hombre de una mujer. Y ahí decir todo lo que se les pase por la cabeza. Hoy me chiflaron y me dijeron “ah, pero qué buena estás” y, créanme, era imposible identificar a una persona atrás de toda la caparazón que tenía arriba mío.

Hay gente que dice que les sube el ánimo, que es un “piropo” y nada más. Pero no, es, con todas las letras, acoso callejero. Es acoso.

Hay días que se me pasa por la cabeza entrar a la obra, hablarles, y tengo que admitir que hasta insultarlos. Pero sobre todo hablarles, decirles que no me interesa, si quiera, que me digan buenos días con esa voz que creen que es seductora. Ansío que la obra se termine, que por fin vuelva el desolado barrio que tanto silencio tenía pero que es mucho más placentero que escuchar a decenas de personas acosarte, decir cosas inimaginables.

Ya no quiero pensar qué ponerme para no sentirme incómoda al ir al trabajo. Quiero despertarme, elegir lo que más me gusta e ir al trabajo, nada más. Sin escuchar un comentario baboso y machista. ¿Tan difícil es mi deseo?

No le demos la espalda a lo que verdaderamente es. Es acoso, es denigrante y nos afecta a las mujeres y a la sociedad toda. ¿Por qué tomar como común algo que no lo es?

Yo le digo NO al acoso callejero. Creo que juntas podemos luchar para terminar con lo que muchos denominan piropos. ¿Cómo empezamos? Diciendo lo que de verdad es, acoso. ¿Te sumas?

Fuente: iMujer